Islas Cíes, un lugar especial

Las Islas Cíes, un lugar especial. Así denominé el día que llevé a Bruno a este paisaje natural de Galicia. En mi familia, sobre todo mi abuela Pilar, siempre decían que yo tenía las Islas Cíes tatuadas desde que nací; por eso, para mí siempre será un rincón único.

Cómo empezó todo: Rumbo a las Islas Cíes

Esa mañana del 2 de julio de 2025, un día antes del cumpleaños de Bruno (a quien, por cierto, no le gusta la arena), os podéis imaginar lo “contento” que iba… pero por hacerme feliz, lo hizo. Cogimos el catamarán desde Cangas do Morrazo a las 10:15 para llegar a Cíes a las 11:30. ¡Y tuvimos la gran suerte de encontrar sitio para aparcar el coche!

Ya en el puerto, nos revisaron los billetes y el permiso de la Xunta de Galicia, y pudimos subir al barco. Como recomendación: si viajáis a las 10:15 de la mañana, no os pongáis en la parte de arriba. Esa mañana soplaba el viento y casi me congelo. Sin embargo, el trayecto hasta las Islas Cíes es precioso. Aunque soy de aquí y estoy súper orgullosa de vivir en un sitio tan bonito (no sé si la gente valora mi punto de vista), me sigue encantando. ¡Muchas veces hasta puedes ver delfines (golfiños, en gallego)!

Nuestra llegada a las Islas Cíes

El catamarán nos desembarcó en el puerto o zona de evacuación de las Islas Cíes, enfrente del Restaurante Rodas. La primera playa que nos encontramos fue la Playa de Rodas; desde el primer momento, te sientes en el paraíso.

Nosotros tuvimos un día soleado y de mucho calor en las islas, pero allí hasta en un día con niebla te quemas. Lo sé por experiencia, ya que he ido casi todos los veranos desde pequeña. También les pasó a mis amigas de la uni, Ana y Claudia; un día en Ons hacía niebla, no se echaron crema porque no me creyeron, ¡y acabaron quemándose a pesar de mis avisos!

Como habíamos llegado muy pronto, decidimos ver el mapa de las Islas Cíes. Podéis descargarlo en el móvil en formato PDF desde la página de la Xunta de Galicia (os dejo el link de la web: https://illasatlanticas.gal/gl/visita-o-parque/visita-cies) o podéis encontrarlo en grande en el punto de información.

Fuimos desde el puerto, pasando por la Playa de Rodas (la más conocida), hasta el punto de información, que está a unos 100 metros (apenas 2 minutos a pie). Después de ver el mapa y comprobar que había cuatro rutas (amarilla, verde, azul y roja), escogimos la amarilla: la ruta del Faro de Cíes.

Primera ruta por las Islas Cíes: hizo que todo fuera aún más especial

Comenzamos nuestra ruta hacia el Faro de Cíes y la temperatura iba aumentando. Íbamos tranquilos, hablando, viendo el paisaje y sintiéndonos en una película de Piratas del Caribe, cuando de repente sopló un golpe de viento, la gorra de Bruno salió volando y cayó por una bajada empinada llena de pinchos.

Menos mal que pasó una familia de ingleses y a Bruno le tocó practicar el idioma para pedirles que le ayudasen a bajar. Si le ayudaba yo, caíamos los dos entre las silvas (zarzas) y acabábamos saliendo en las noticias con el titular: «Equipos de emergencia rescatan a dos jóvenes atrapados entre silvas en las Islas Cíes». Suerte del inglés que nos ayudó, porque si no, a ver qué hacíamos… ¡pero la gorra no la podíamos dejar allí!

En fin, ahora sí que me río, porque siempre nos pasa algo. Además, habíamos pasado el Lago de los Niños (Lago dos Nenos) sanos y salvos (mi padre me había contado que mi abuelo se dio un buen susto ahí una vez). A ciertas horas cierran el lago porque las olas cubren el puente y cortan el acceso para evitar accidentes. Digamos que el lago es una laguna en el océano y un refugio para la vida marina. Paseando por su dique podrás ver distintos peces.

En cuanto a la ruta, continuamos andando y recuerdo que Bruno se me iba quejando: “Mira que hacerme esto el día antes de mi cumpleaños“, “No puedo más“… En esos momentos recordaba aquellas frases que me dice mi padre: «Mariña, respira»“Mariña, piensa antes de decir”, “Mariña, piensa antes lo que vayas a hacer“.

Menos mal que no dije nada, ni le grité y tuve paciencia, y seguí contemplando el lugar con mi hiperactividad por recorrerme toda la isla y disfrutar de lo que para mí son las Islas Cíes: un lugar especial.

En esta ruta contemplamos un maravilloso contraste de paisajes: la arena de la Playa de Rodas y el idílico lago, hasta ver a lo lejos el Faro da Porta, al que se puede llegar mediante la ruta verde (que lleva unas dos horas). En el Faro de Cíes estuvimos contemplando los acantilados desde el mirador, con la amplitud del océano a un lado y la ría de Vigo al otro, desde donde puedes ver la Isla Sur (San Martiño).

Ya bajando, casi llegando de nuevo al punto de información, nos desviamos a la Pedra da Campá, que permite disfrutar del paisaje desde otro ángulo. Como ya eran las tres o así y se nos había acabado el agua, paramos a comprar algo de beber y dos helados, y aprovechamos para comer los bocatas que llevábamos de casa en el Bar Serafín, donde nos trataron de maravilla. Cuando acabamos de comer, pasamos por un puesto de souvenirs de las islas y Bruno se compró un imán de las Islas Cíes para su nevera.

Volvimos al punto de información. En total estuvimos en movimiento unas 3 horas y 4 minutos. Al llegar, decidimos tirar hacia el lado izquierdo para hacer la ruta azul o la roja. Finalmente, escogimos la ruta roja, que entre la ida y la vuelta nos llevó unas dos horas.

Ruta del Faro do Peito en las Islas Cíes

Ya comenzada la ruta, nos paramos a beber en la playa de Figueiras y nos volvimos a echar un poco más de crema. Continuando el camino, hicimos una parada en el mirador de Julio Verne, desde donde se ve toda la ría en la que el autor se inspiró y que plasmó en un capítulo de Veinte mil leguas de viaje submarino.

Allí mismo, un panel informativo rinde homenaje al autor francés y cuenta cosas súper curiosas. Por lo visto, Verne se enamoró de esta ría y la visitó dos veces (en 1878 y 1884). En su última visita, tuvo que reparar su barco, el Saint Michel III, en el astillero local La Industriosa. Allí conoció al genial industrial vigués Antonio Sanjurjo Badía, apodado “El Habilidades”, y nació entre ellos una gran amistad.

Lo más increíble de esta historia es el intercambio de inspiración: mientras Verne ya había hecho mundialmente famosa la ría metiendo en ella al mismísimo Capitán Nemo y su buque sumergible, Sanjurjo Badía acabó construyendo años después (en 1898) su propio minisubmarino (una especie de boya lanzatorpedos para defender la ría) que hoy en día aún se conserva en el Museo del Mar. Nos pareció alucinante pensar que el creador del Nautilus de ficción y el inventor del submarino vigués real pasearan juntos charlando frente a este “archipiélago de los dioses”.

Ya eran casi las siete de la tarde y las horas se me habían pasado volando. A la vuelta, decidimos ir a tomar algo al Restaurante Rodas mientras llegaba el catamarán. A las 19:15 embarcamos para despedirnos de las Islas Cíes. Yo estaba feliz porque a Bruno le había encantado (era su primera vez), nos lo habíamos pasado muy bien (incluso nos entraron ganas de volver y quedarnos a dormir en el camping) y, cómo no, hasta nos quemamos un poco.

Si la aplicación del móvil no calculó mal, caminamos 22.720 pasos, que son aproximadamente 17 km, y estuvimos andando unas 5 horas y 6 minutos. Llegamos a Cangas a las ocho y media, cogimos el coche y nos fuimos cada uno a su casa.

Aquel día, mientras miraba el mar, me di cuenta de que nuestros nombres juntos formaban BruMar (de la niebla y el mar nace BruMar). En conclusión: Bruno, que suele tener insomnio, al día siguiente estaba tan agotado pero feliz que no daba despertado… ¡y me costó la vida felicitarlo por su cumple! jajajaja.

Aquí os dejo algunas fotos de aquel día 🙂

  • Islas Cíes. un sitio especial

Espero que os haya gustado y la próxima semana os contaré Nuestro Primer Viaje Juntos: Escapada por aniversario

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